Por: Ferrer Galván
La filósofa de origen alemán Hannah Arendt escribió, en su ensayo Eichmann en Jerusalem, una de las máximas de la socialdemocracia del pensamiento político reciente, “Nadie puede ser feliz sin participar en la felicidad pública, nadie puede ser libre sin la experiencia de la libertad pública, y nadie, finalmente, puede ser feliz o libre sin implicarse y formar parte del poder político.” De lo que se intuye que la exclusión de la participación política de determinados sectores es contraria a la generación de bienestar social.
De ahí que podamos decir que mientras las mujeres no participen en total inclusión y oportunidades en la política, se les estará condenando a ser ajenas a la libertad pública. Las mujeres representan poco más de la mitad de la población y, si más de la mitad de la población no es libre ni feliz, ¿puede un pueblo, una sociedad, un país, un estado o un municipio aspirar a resolver todos sus problemas? Si, en principio, el poder político está centrado no sólo en unas cuantas manos, sino unas cuántas que solo representan una muy corta visión de un solo sector de la población, definitivamente no existe solución a los problemas, sino una cómoda concentración de la felicidad pública en un solo sector, mientras que los problemas solo se barren de lugar, para que los afectados siempre sean quienes no participan del poder político.
Los problemas que primero se solucionan en un gobierno son los de las clases gobernantes, los de los sectores que tienen opinión en un cabildo, condenando a la marginalidad a los sectores impedidos de participar. Esto sucede, por supuesto, cuando por muchos años se ha excluido a las mujeres de la participación política, sus opiniones, sus intereses, sus problemas, no sólo no son escuchados, sino incluso son desconocidos por los gobernantes. Y no solo eso, la ausencia de la visión de la mitad de la población en la resolución y mejoras de un municipio, hacen que los problemas nunca tengan una solución completa; por el secuestro de las decisiones, nos estamos perdiendo de innumerables soluciones y propuestas que nacen en las mujeres, pero que nunca serán tomadas en cuenta y, peor aún, que nunca serán instrumentadas por las creadoras de esas ideas.
Por eso es urgente, obvio y necesario que las mujeres se incorporen masivamente a la labor política; la felicidad y libertad públicas dependen de ello. No es aceptable que las clases gobernantes, repletas de varones, sigan deteniendo el acceso de las mujeres al poder político.
Con mucha frecuencia las clases políticas restringen la participación de las mujeres como aspirantes a cargos de elección popular en determinados municipios con argumentos poco serios como, “el pueblo no está preparado para ser gobernado por una mujer”, argumentos que no resisten la más mínima revisión lógica. Carlos Monsiváis dijo alguna vez que, cuando un político hablaba de lo que el pueblo pensaba, regularmente estaba endilgando al pueblo las ideas propias, así si un político dice que el pueblo es machista, es muy seguro que quien es machista es el político que esto dice.
Las críticas hacia la idea de que una mujer llegue a gobernar determinados entornos, a veces también se disfrazan de opiniones serias, por ejemplo, se aduce que pocas mujeres dan el paso al frente para postularse, que tienen poca experiencia y que ellas mismas lo admiten, y en el mismo tenor dicen que las mujeres suelen ser influenciables por el hombre más cercano a ellas, al grado que acaba siendo él quien gobierna en los hechos. Todos estos argumentos se caen por sí mismos y haciendo una comparativa con la participación de los hombres.
Por principio, es verdad que las mujeres suelen ser más precavidas a la hora de buscar una candidatura, a diferencia de los hombres, ya que ellas primero evalúan si sus condiciones son favorables, en cambio los hombres no somos afectos a la autocrítica y aceptamos postularnos sin mucha evaluación previa, lo que no podría tomarse como un defecto de las mujeres, la prudencia es un valor necesario en la toma de decisiones, a diferencia del arrebato de los hombres, quienes cuando gobiernan y toman decisiones imprudentes, pueden llevar a crisis a sus gobiernos.
El argumento de que las mujeres tienen poca experiencia, no es ni siquiera un argumento, es el resultado de la obstrucción a la participación de las mujeres, es un círculo vicioso, cómodo para los hombres; declaramos que no hay mujeres que quieran participar y cuando alguna lo intenta se le exige experiencia o imagen impecable, además de que, de inmediato se activa una red cómplice de hombres dispuestos a conculcar la participación de las mujeres, aunque sean afines.
Finalmente, el argumento de que las mujeres son influenciables, es absurdo, porque no es algo que sea ajeno a los hombres, todos somos testigos de que cuando gobiernan hombres con poca preparación terminan siendo manejados por toda clase de intereses, empresarios a quienes deben dinero, caciques que les aportaron votos, o peor aun terminan dominados por sus propios vicios, por sus amigos, por sus amantes. Todo ello, en detrimento del interés de la ciudadanía.
Los tiempos que vivimos, de crisis globales, de pérdida de confianza, de crisis de representación sólo tendrán salida cuando todos los rincones del mundo tengan a mujeres gobernando y accediendo al poder en igualdad de condiciones que los hombres.
Los hombres y las mujeres somos igualmente propensos a la virtud y al síndrome de la hubris (enfermedad del poder). Hombres y mujeres tenemos tendencia a potenciar nuestras virtudes y a caer presas de nuestras debilidades, es la naturaleza humana. Pero las mujeres, mayormente, tienen capacidades que pueden ayudar a enfrentar los duros momentos que vive el mundo. No se trata de regalar nada a nadie, pero se trata de dejar de quitar oportunidades. No importa cuánto digan las leyes en favor de la participación de las mujeres si en los hechos los hombres lo impiden, lo importantes acabar ya con esas cofradías masculinistas que conculcan la participación de las mujeres.
Y podría decirse absolutamente lo mismo con respecto a los jóvenes. Hace muchos años que los mismos varones se comparten el poder político. Estamos viviendo tiempos en que solo la visión de futuro y la incorporación de nuevas formas de entender al mundo, nos va a permitir enfrentar los retos gubernamentales, de una sociedad que reclama cada vez más cercanía, empatía y visiones de largo plazo.
La participación igualitaria de las mujeres es irrefrenable, es imposible, absurdo y hasta retardatario evitarla. A las mujeres les corresponde arriesgarse y dar el paso al frente para liderear a una sociedad no solo preparada sino que ya las espera con ansias. A los hombres nos obligan las circunstancias, a abandonar de una vez y para siempre, nuestra postura patriarcal de creer que nuestras limitaciones son las de todo el pueblo.
Es tiempo, ya le toca gobernar a las mujeres.

